Nociones de Neurociencia y enseñanza de ajedrez



Estamos asistiendo a una auténtica revolución en los últimos años en cuanto al conocimiento del cerebro. Mitos como que el cerebro no cambia a  partir ya de la tierna niñez, o ese mito más repelente de que solo usamos el 10% de la capacidad cerebral –muy poco eficiente sería nuestro cerebro si permitiera que solo usásemos una décima parte de lo que vale- se han desmoronado ante la evidencia de lo que las modernas tecnologías, y especialmente las técnicas no invasivas de la neuroimagen, nos están proporcionando.

Igual que hemos cambiado radicalmente muchos de nuestros hábitos vitales por los avances tecnológicos, también la enseñanza debe adaptarse a estos cambios, aunque esto no signifique que todo haya que modificarlo, ni mucho menos: simplemente que debería mantenerse lo que ya se ha constatado a través de lo que se sabe del funcionamiento cerebral, porque ya se sabe bastante; y tener mucha cautela con lo que no parece que se corresponda con este funcionamiento.

Viejos asertos como el de “cada maestrillo tiene su librillo”, deberían aplicarse con prudencia, salvando solo quizá de este dicho que el propio estilo conviene mantenerlo. Vamos a ver algunas evidencias ya demostradas acerca del funcionamiento cerebral que podemos aplicar en la enseñanza del ajedrez:

Al cerebro le gusta mucho el juego. No olvide nunca el monitor de ajedrez, que por muchas virtudes educativas y de formación de la personalidad que tenga –y también terapéuticas-, el ajedrez al fin y al cabo es un juego y hay que aprovechar al máximo esta faceta. Las clases de ajedrez no deben convertirse en sesiones duras de aprendizaje, porque el juego es un mecanismo natural arraigado genéticamente –como en muchas otras especies-, a través del cual se libera el neurotransmisor llamado dopamina, responsable de las sensaciones placenteras,  que permiten además que sintamos curiosidad y motivación por las cosas.

El cerebro funciona muy bien con el entrenamiento constante. Se conecta la información nueva con la ya conocida, que además se asimila de modo gradual, por ejemplo con el sueño: parece ya bastante bien demostrado que el sueño juega un papel muy importante en la absorción de los nuevos conocimientos. La repetición de las nuevas ideas es básica para el aprendizaje, que se convertirán en automatismos que iremos memorizando, pero se requiere tiempo y repetición constante y gradual en la dificultad.

El arte mejora el cerebro. El ajedrez tiene una faceta artística nada desdeñable en forma de frases espléndidas, partidas bellísimas, celadas espectaculares, finales que se merecen perfectamente el sobrenombre de artísticos… No se desdeñe para nada esta propiedad: las actividades artísticas se está demostrando que implican diferentes regiones cerebrales y ello produce por ejemplo la generación de noradrenalina, sustancia que puede funcionar como hormona y como neurotransmisor, que interviene en los procesos relacionados con la atención, la memoria de trabajo o el autocontrol.

Las emociones cuentan mucho. Emociones y procesos cognitivos (atención, memoria, razonamiento) son inseparables, como ha demostrado el neurocientífico Antonio Damasio. Las emociones positivas, sobre todo, facilitan la memoria y el aprendizaje. El buen monitor de ajedrez sabe que los buenos resultados potencian la motivación hacia el juego y redundan en una mejor eficacia. Las emociones negativas, por el contrario, dificultan el paso de información del hipocampo (sede de la memoria) a la corteza prefrontal, donde albergamos las funciones ejecutivas que se encargan de tomar decisiones –el ajedrez es un ejercicio continuo de toma de decisiones-. Por tanto, hay que gestionar bien las emociones de nuestros alumnos y alumnas de la clase de ajedrez: derrotas continuas pueden hacer que muy fácilmente estos chicos no progresen o que experimenten aversión al juego.

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