lunes, 27 de agosto de 2018

Profesionales (en la cárcel y en todas partes). Primera parte

Creo que para ser un buen profesional hay dos condiciones (habrá más, pero a mí estas me parecen muy adecuadas): ceñirte a tu trabajo, no entrometerte en el de los otros, y no ilusionarse (cognitivamente) en exceso. En el trabajo social creo que además hay que extremar las precauciones frente a esto.

En la película "En tierra hostil", galardonada con un Óscar a la mejor directora en 2010,  hay una secuencia que refleja muy bien lo que es ceñirte a tu trabajo y por qué no hay que inmiscuirse en el de los otros, por muy bueno que seas en el tuyo. 

pelicula militar 2017
Y es ésta: un psiquiatra, acuartelado en un campamento de marines en el peligrosísimo Irak de hace algunos años, se turba un poco cuando un soldado al que está tratando por un exceso de ansiedad, y que como todos, cada vez que sale del campamento se juega la vida, le reprocha que es muy fácil dar ciertos consejos y formulaciones amparado en la comodidad del recinto, donde apenas existe el peligro. 

El  psiquiatra se toma ese reproche en serio -reproche sin fundamento, porque zapatero, a tus zapatos-, y como es además comandante médico, se monta con el soldado en el blindado de patrulla al día siguiente, sin hacer caso al sargento que le advierte que mejor se quede en el cuartel, que para lo que van hay que estar muy preparados, o sea, que es cosa de profesionales.

Pocas horas dura vivo nuestro hombre. La patrulla se topa con un buen número de hombres y mujeres, con rebaño de cabras incluido, que bloquean una carretera: rápidamente y con estilo militar (o sea, con premura y sin muchas explicaciones), los marines se ponen a despejar aquello, pero el psiquiatra parece no darse cuenta de que no está en consulta, y se mete en medio de un grupo dando amables indicaciones, y empatizando, ya puestos, para que desocupen el lugar.

No atiende a los requerimientos de los marines, que ya en el coche le gritan que regrese rápidamente, que el peligro acecha. Se toma el hombre su tiempo, convence, y se van los iraquíes todos a una: no sin antes dejarse una inocente bolsa en el suelo, con una bomba camuflada que estalla y revienta al psiquiatra cuando ya, cumplida la tarea, iba a regresar al blindado. Nuestro buen y malogrado psiquiatra, desde luego, no se ciñó exclusivamente a su trabajo en absoluto.

Esto es ficción, pero sin duda es muy real. Lo que viene a continuación ocurre demasiadas veces, contando por Daniel Kahneman, el gran psicólogo Premio Nobel de Economía en 2002. Cuando éste era estudiante, le llamó la atención cómo uno de sus profesores, más bien mesurado, en una clase advirtió a los alumnos contra un personaje peligroso y tóxico, al que definió así:


"De vez en cuando encontrarán ustedes a un paciente que les contará una intrigante historia de múltiples errores en su tratamiento previo. Varios doctores lo examinaron, y todos les fallaron. El paciente podrá describir lúcidamente las razones por las que sus terapeutas no le comprendían, pero le dirá que enseguida se dio cuenta de que usted es diferente. Usted compartirá esa misma impresión, y quedará convencido de que le comprende y será capaz de ayudarlo".

Llegado a este punto, el profesor les advirtió: "¡No piensen en hacerse cargo de ese paciente¡ Échenlo de la consulta. Es probable que sea un psicópata y no serán capaces de ayudarlo¡".

No reparó Kahneman en esto hasta tiempo después, cuando encontró a más de un colega amargado que le contó lo mal que lo estaba pasando con determinado cliente  que había creído en él después de que muchos otros terapeutas le fallaran, y él también le estaba fallando al hombre... Interesado ya Kahneman en la cuestión, alguna destacada autoridad psiquiátrica le confirmó que la advertencia de su profesor era muy sensata.

Lo que aquel profesor  quiso enseñar es que había que tener mucho cuidado con lo que se sentía por el paciente: los sentimientos podían quedar fuera de control, y había que ser suspicaces con la atracción que podemos sentir por aquellos que exhiben una larga lista de tratamientos fallidos. Es una ilusión cognitiva (del pensamiento), donde nos convencemos, seguramente inducidos por la simpatía que alguien nos provoca, que somos capaces de hacer lo que otros muchos no pudieron.

El profesor de Kahneman habló del psicópata. El llamado encanto del psicópata no es una frase hecha que queda muy bien, es muy real. Sin catalogar a la ligera a nadie como psicópata (eso es una categoría muy poco frecuente), sí que hay que ser suspicaces, como advierte Kahneman, cuando trabajamos en determinados ámbitos, y eso lo contaré a partir de mi experiencia en las cárceles, en la segunda parte de este artículo.


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