domingo, 9 de septiembre de 2018

Me trae sin cuidado la pasma, soy un menor

En uno de los tres centros de menores de cumplimiento de medidas judiciales por delitos en los que he estado, no voy a decir cuál, me di cuenta una vez claramente que había estado muy cerca de que un menor, con una envergadura tremenda y con unas manos enormes que parecían hechas de piedra, me propinara un puñetazo sin duda a la cara, y sin duda con toda la fuerza de que era capaz, que era mucha. De hecho, ya le dio un terrible mamporro una vez a un amigo suyo y después de dejarlo semiinconsciente lo apuñaló: por eso estaba en el centro. 

El ajedrez social, o el ajedrez terapéutico, no es ningún caminito de rosas . Hay quienes piensan que intentar modificar funciones mentales o estilos de pensamiento a través del ajedrez, es como entrar en un séptimo cielo donde los usuarios, los que sean, lo acogerán con aplausos y vítores de satisfacción.


Pues no. En un centro para jóvenes desempleados por ejemplo, donde enseñábamos estrategias para la búsqueda de empleo a través del pensamiento estratégico del ajedrez, una jovencita a la que se le pagaba además por asistir a la formación, pasados escasos diez minutos desde que empezamos a explicar de qué iba aquello, levantó la mano y sin cortarse un pelo dijo que ella era muy sincera y que pensaba que eso no valía para nada, y que se iba a echar a dormir. Y ni corta ni perezosa, se recostó sobre la mesa y se arrellanó entre los brazos para cumplir la amenaza.  

Indignado, se lo dije a la directora, pero me aconsejó que era mejor dejarlo. Que convenía no enfadar a los muchachos, que eran de armas tomar. Así que la dejé dormir en su rincón. Sin embargo aquello salió muy bien; tanto, que después nos volvieron a llamar dos veces más para dos grupos nuevos, con encuestas de satisfacción muy buenas. Pero el comienzo no fue precisamente apoteósico, como podéis ver. 

Como tampoco lo fue el primer día en un centro de adictos, donde mientras me presentaban al director del centro, me dijeron que me habían preparado la biblioteca, y que allí les habían dejado a los futuros alumnos todos los juegos de que disponían en la sala.  


Así que me fui ilusionado por trabajar por primera vez con drogodependientes... para encontrarme con que todos sin excepción, habían hecho caso omiso de los muchos tableros de ajedrez que había, y se hallaban ensimismados jugando al parchís, tanto, que me rogaron que dejáramos eso del ajedrez que era muy difícil y aburrido, y que jugáramos mejor al parchís, que era mucho mejor. 

Gajes del oficio. Pero después todo ha salido muy bien, nos mantenemos en todos estos centros y la metodología funciona de forma óptima: Reconvertir el ajedrez en una metodología que se adapta a los distintos ámbitos, proporciona muy buenos resultados.  


Con el chico este del que hablé al principio, que además esbozó una sonrisilla de condescendencia mientras sin duda meditaba si arrearme el puñetazo o no, hasta que lo disipó de dudas el vigilante jurado que se interpuso raudo y veloz entre nosotros, después entablé una relación extrañamente buena: de hecho, encabezó una recogida de firmas varios meses después, porque no había presupuesto para continuar con el taller de pensamiento estratégico, que era como ellos lo denominaban, y se las agenció para que se la hicieran llegar al máximo responsable de esa materia en la Junta de Extremadura.  

A veces las cosas, como veis, son duras. El título de este artículo hace referencia a una escena de una película francesa, en la que creo que aparecía Jean Reno, y de la que me acordé alguna vez cuando lo pasaba mal con los menores. La voy a contar, porque a mí por lo menos, me hacía soltar alguna sonrisa, infantiloide, sin duda, pero bueno, me levantaba un poco la moral al fin y al cabo. Voy allá:

Unos mafiosos, sumamente peligrosos y con aspecto nada tranquilizador, se bajan de su coche, un imponente Mercedes negro, para seguir a unos tipos; pero se olvidan de cerrar con llave y cuando apenas han andado unos pocos metros, dos niñatos se les han metido dentro, hacen un puente y se largan con el coche. 


El único coche que está en esa calle es uno de Policía que está allí aparcado, así que los hampones ni cortos ni perezosos realizan la misma operación que los menores, y se lanzan a perseguirlos. Al cabo de un buen rato, y después de una persecución donde el Mercedes acaba empotrándose entre dos contenedores, los jovencitos se salen con mucho recochineo y el más desinhibido le espeta al matón que tiene más cerca: "Me la suda la pasma, somos menores". A lo que para su desgracia, ese matón, de casi un metro noventa y una montaña de músculos a cuestas, le contesta, también con mucho desparpajo: "Me la sudan los menores, no soy de la pasma". Lo siguiente que se ve es cómo el tipo echa para atrás el enorme brazo para coger impulso. 

Después ya, cambiamos de escena y vemos a nuestros dos menores, llorosos, cabizbajos, molidos a palos y vendados, ambos con cada ojo a la virulé, poniendo una denuncia en la comisaría de Policía, y explicándoles al guardia que es que ellos pensaban que esos tipos eran de la Pasma...

Con el ajedrez social y terapéutico, afortunadamente, no pasan estas cosas de la peli. Estamos en veinticinco centros en mi tierra, Extremadura, y todo transcurre ahora como la seda, poca cosa que reseñar. 


2 comentarios:

  1. Un artículo muy divertido a la vez que riguroso, como docente doy crédito a estás situaciones que nos cuentas. Un abrazo desde La Línea de la Concepción.

    ResponderEliminar
  2. Gracias Félix, como te sigo bastante, me consta que entiendes todo esto, un abrazo.

    ResponderEliminar